Agosto 27, 2018

Mi trauma de la infancia
y cómo lo superé

Cuando crees que no vas a poder recuperarte, yo te demuestro que siempre hay una manera para salir adelante. Te cuento mi trauma de la infancia y cómo lo superé.

Estaba en clase, sin prestar atención, como siempre. Nunca fui un estudiante muy atento, ni con las mejores notas. Iba a una escuela de doble turno. El horario era de 8 a.m. a 17 p.m. y lo único que esperaba en la semana era que lleguen los días Martes y Viernes para jugar al fútbol en el campo de deportes. El micro escolar nos buscaba por la puerta. De repente suena el timbre anunciando el final de la hora de inglés (¡qué alivio!). Como cualquier chico de 15 años bajé corriendo por las escaleras, desesperado, con todos mis amigos. La mejor edad. Tú única preocupación era no descuidarte, porque tenías un segundo de distracción y no faltaba ese amigo que venía en carrera con cara de asesino en busca de sangre para pegarte una piña a puño cerrado en el medio de las pelotas.

Termino de bajar las escaleras, paso el portón negro de la entrada, y me dirijo hacia la puerta del micro, pero alguien me agarra del hombro. Me doy vuelta y, para mi asombro, era el marido de mi Mamá. “ ¿Qué haces acá?” fue lo primero que salió de mi boca ante la desorientación y sorpresa por verlo. Me responde “Te vine a buscar. Vamos a casa y te cuento“. Yo no era ningún boludo, y tampoco había que ser muy inteligente para darse cuenta que algo estaba pasando.

Lo seguí hasta el auto. Me subo e intentaba adivinar qué carajos estaba pasando. Parte de mi familia es de Córdoba. En ese entonces, tenía a mi abuela, algunos tíos y primos viviendo allá. Por cuestiones lógicas, en ese momento uno asume lo peor. No podía parar de pensar en mi abuela. Creía que la noticia se trataba sobre ella. Las manos me transpiraban, sabía que venía algo feo.

Después de 10 minutos, y de estar mudo todo el viaje, llegamos a casa. El marido de mi Mamá abre la puerta. Lo primero que veo es a mi hermano hablando por teléfono. Si mal no recuerdo, hablaba con el jefe para notificarle que debía irse de viaje por un problema familiar. Confundido, la veo a mi Mamá acercándose, llorando. Me agarra de los hombros, y le pregunto “ ¿Qué pasó?“. Hubo un momento de silencio, entre 3 y 5 segundos que parecían eternos. Me mira a los ojos, y siendo directa y sin vueltas, me dice: “ Aldana murió“.

Antes de seguir con el relato tengo que contar quién era Aldana y qué significaba para mi.

Aldana era mi prima, vivió al lado de mi casa en mis primeros años de vida. Somos una familia numerosa y tenía muchos primos, pero ella era muy especial. Era mi prima “favorita“, como solía decir. Tenía un año mas que yo, con una personalidad muy divertida, siempre fue mi compañera para mandarnos macanas. Nos vivían retando. Ella tenía un carácter mucho mas fuerte que yo, justamente por eso a veces nos agarrábamos de los pelos, pero ese era amor puro entre primos. Cuando tenía alrededor de 5 años se fue a vivir a Córdoba. Nos tuvimos que alejar, o mejor dicho, nos “separaron“. Cada verano lo esperaba con ansias, sabiendo que iba a viajar a Córdoba y nos íbamos a ver. Pasábamos semanas hablando, jugando, riéndonos, contándonos secretos que solo ella y yo sabíamos. Es gracioso pero, mientras escribo esto, es la primera vez que me pongo a pensar en cómo era su personalidad y lo mucho que influyó en mi infancia, en vez de recordar automáticamente la tragedia.

Años después, ella y sus hermanos, de 5 y 7 años, venían a pasar navidad a mi casa. Estaban viajando en un micro. Yo en ese entonces ya tenía 12 años. Mi tío estaba esperando a que lleguen en mi casa. De repente, suena el teléfono y lo atiendo. No recuerdo el principio de la charla. Lo único que me acuerdo es que me era un hombre de la compañía de micros en las que viajaban mis primos, contándome que hubo un accidente. Fui corriendo a buscar a mi tío para darle el teléfono y, también, darle la noticia. Le dije “Es para vos. El micro chocó“ . Mi tío llorando se fue corriendo a buscar la camioneta y viajó a Córdoba. Horas mas tarde me despiertan, anunciándome que mis dos primos más chicos estaban en el cielo, qué Aldana estaba en estado crítico y, tal vez, deberían amputarle el brazo. Fui a la casa de mi papá, y a la mañana siguiente prendí la tele. Estaban pasando la noticia del accidente, y ví cómo metían a mis primos en bolsas de plástico. No se por qué pasaban eso por la tele, tan crudamente, pero lo que sabía es que eran mis primos.

Pasó muchas semanas en el hospital, pero fue bastante fuerte y salió adelante. Estuvo un tiempo viviendo conmigo. Nunca hablamos del tema. Nos volvimos más unidos que nunca. Los Viernes íbamos a Blockbuster (en ese entonces seguía existiendo) y alquilábamos películas por $4,50! Todos los Viernes el mismo plan. Pero bueno, finalmente llegó el momento de despedirse, porque volvía a su casa en Córdoba. Igualmente, nos seguimos hablando por MSN de vez en cuando y nos veíamos cada vez que viajaba para allá.

Lo que voy a decir va a sonar irónico, y juro que fue así. Lo último que recuerdo de ella fue estar tirados en la cama hablando sobre la muerte, y ella me dijo cómo se quería morir el día que le llegue el momento. Me dijo que le gustaría que fuera, por ejemplo, un disparo en el estómago. Yo le pregunté el por qué quería morirse así, y me respondió: “Me gustaría sentir que me estoy yendo. Ser consciente que se viene mi muerte y me voy al cielo“. Esa es la última frase que recuerdo de ella, y lamentablemente no murió como quería, y eso me destrozó por mucho tiempo.

Después de escuchar esas dos palabras por parte de mi madre, el mundo se frenó, cambió de rumbo. Todo en mi entorno quedó quieto, sentía que me hundía en mi propio cuerpo, como si me arrastraran y expulsaran el alma hacia un vacío. No escuchaba, no veía, no salían palabras de mi boca. Solamente se me vino a la cabeza la imagen de ella. Cuando pude caer un poco más en la realidad, lo primero que dije fue: “No entiendo“. No sabía lo que estaba pasando. ¡No podía ser verdad lo que me estaban diciendo! El primer pensamiento que se me cruzó por la mente fue “¿Por qué ella y no yo?“. Después de todo lo que había pasado, sentía que todo lo que sufrió fue en vano. Era una situación en qué, por un momento, creí que me estaban haciendo una broma, o que me estaban mintiendo. Cualquier cosa menos aceptar su muerte.

Viajamos a Córdoba al instante. Un viaje de 10 horas, sin poder pensar en otra cosa, obviamente. Llegamos a la casa de mi tío, estaba lleno de gente. No quería entrar, porque sabía que si entraba se iba a confirmar la pesadilla. Entre la negación y la verdad había dos escalones y una puerta. Junté coraje, así que con el pie izquierdo subí al primer escalón de la entrada, con el derecho al segundo escalón, y me frené. Podía escuchar gente llorando, gente hablando muy bajo, como cuando estás en una habitación con alguien que está durmiendo e intentás no despertarlo.

Entré...

...vi a mis tíos llorando en la mesa. Le preguntaron a mi tío: “¿Dónde está?“, a lo que responde “Ahí en el Living, con cajón abierto“. Cuando entrás a la casa la primera habitación es la cocina, la siguiente es el Living, y no hay una puerta entre ambas habitaciones. No me animaba a pasar. No quería. Solo necesitaba dormir para hacer mas larga la situación, como si eso resolviera algo. Pero para hacerlo tenía que ir al dormitorio, que estaba cruzando hasta el otro lado de la casa. Le pedí a mi Mamá que me acompañe y me tapé los ojos. Fueron 20 pasos en los cuales sentía que estaba en una película de terror, respiraba rápido y temblaba. Quería escaparme urgente. Una vez “a salvo“, me acosté en la cama de mi prima y me dormí.

No se cuánto tiempo pasó. Me desperté, pero seguía muy dormido y cansado por todo lo que había llorado. Tanta era mi distracción que fuí derecho al Living sin darme cuenta… y la ví. Quedé helado, no me podía mover, y tampoco podía sacar la vista de su cara. Estaba vestida con la misma ropa que usaba siempre, con las manos en el pecho, los ojos cerrados, y tenía una leve sonrisa de satisfacción, como si estuviera realmente descansando en paz. Los pies me temblaban. Tenía tanto miedo que ni siquiera podría llorar. Y de a poco me fui acercando… quería verla más de cerca. Nunca voy a entender de dónde saqué la valentía para hacer eso sin dudarlo.

5 metros… 4 metros… 3 metros… 2… 1… a pocos centímetros… y ahí estaba. La persona con la que viví momentos espectaculares, risas hasta que me dolía la panza, golpes y enojos para ver quién usaba un juguete. Una gran parte de mi vida y personalidad estaba muerta, y por más que me llenaba de esperanzas que iba a levantarse y “revivir“, tenía que aceptarlo. De a poco acerqué mi mano a su cara, y la acaricié en la mejilla. Todavía recuerdo la frialdad de su piel, estaba congelada. Me largué a llorar, sabiendo que era la última vez que la iba a ver.

Tuve que salir de la casa, irme al medio del campo. Sólo. A llorar. No quiero ponerme en personaje de víctima, pero sentía que yo era el más perjudicado por su muerte. Era mi otra mitad, y yo la de ella. Estuve unos minutos para poder asimilar lo que había pasado hace unos instantes. Cuando me recompuse volví a la casa, era momento de cerrar el cajón.

Cuando entré recuerdo a mi tío (otro, no el padre de Aldana) diciendo: “esperá, tal vez está dormida y está congelada porque hace mucho frío acá“. Lo tuvieron que hacer entrar en razón, diciéndole: “Está muerta, no está dormida. Murió”. A los instantes, una amiga de ella la abrazó y empezó a gritar “No se la van a llevar, ella me dijo que íbamos a estar juntas y siempre íbamos a ser amigas, no la voy a dejar“. La tuvieron que agarrar y alejarla del cajón.

Fuimos al cementerio. Entramos, pasamos por las tumbas de mis dos primos fallecidos anteriormente, los hermanos de Aldana. Llegó el momento de la despedida. Yo no se qué fue lo que me dolió más: si ver a mi prima en un cajón, o ver cómo ponen el cajón en un hueco muy pequeño en la pared para que quede encerrada toda la eternidad.

Una vez terminado el funeral, todos comenzaron a irse del cementerio. Yo me quedé unos minutos más, mirando el lugar dónde la sepultaron, por última vez, prometiéndome a mi mismo que iba a vivir la vida por los dos, y espero cumplirlo.

Hubo una época en la que no hablaba nunca de esto, ni con mis amigos. Me lo guardaba muy adentro, para mí. Pero cuando de a poco comencé a contar ésta experiencia traumática que me tocó vivir, pude estar más relajado, y de alguna manera, aceptarlo con mayor facilidad. Hoy en día lo cuento sin miedos, sin nervios, sin nudos en la garganta, sin pena. Quiero hablar de ella con alegría, no con tristeza.

Lamentablemente los problemas y accidentes pasan. Algunos tienen solución, y otros son definitivos. Esperamos que todo sea como uno quiere que sea, y nunca va a ser así. Guardarse estas cosas para uno mismo te consume y te destruye. Te terminás haciendo peor de lo que ya estás. Cada uno tendrá sus motivos para no contar sus traumas o problemas, pero jamás tenes dejar que te coma por dentro. Puede ser que sea porque pensás que demostrás debilidad o porque no querés que sepan que tenés miedo.

A veces realizando algo conseguís lo opuesto, es decir, si tenés miedo en que sepan cómo te sentís, al expresarlo podes terminar siendo mas valiente. Si no querés demostrar debilidad, al contarlo te hacés mas fuerte. ¿Por qué? Porque núnca vas a estar solo, siempre vas a tener a alguien en quién apoyarte. Y supongamos que sí estás solo, que no hay nadie a tu lado, en ese caso contátelo a vos mismo. Hablá con vos mismo. Preguntáte las cosas como si fueran dos personas distintas que se están conociendo. “¿Cuáles son tus inquietudes, tus dramas, qué te gusta, qué no te gusta, qué te da miedo, qué sos capaz de hacer, qué te pasó en la vida, te puedo ayudar?”.Hay miles de preguntas para hacerte, y el doble de respuestas.

Me costó muchos años entender que la vida no es justa y, sobre todo, aceptarlo. Ésta última es la parte mas difícil. Uno nunca sabe lo que va a pasar en el futuro, pero lo que sabemos es lo que tenemos a nuestro alcance para tener una mejor vida. Aprovechála, hay una nada más, y pocas veces hay segundas oportunidades. Si una no es suficiente, viví el doble… como estoy haciendo yo.

Por Tomas De Leo

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